Manual para entrar en una cárcel

Escribí este texto en diciembre y lo publico ahora, en marzo. Empiezo a comprender que en todo esto – memoria, dolor, “de algunas cosas no es fácil hablar”, escucharnos – el tiempo es algo que no solo da el espacio para que las cosas ocurran, sino que es el que nos da la medida de las cosas. 

Comparto mi experiencia con la esperanza de que sea útil para otras personas. Convencida que el conocimiento es una obra colectiva destilada a pulso de experiencias que contamos. Contar como imperativo. Como irremplazable necesidad de compartir. De sabernos vistas y escuchadas. Ese impulso que nos hace humanas. Y que nos humaniza. 

Mi amigo número 3, de lxs hijxs que la vida me regala tras el estreno del documental “La cigüeña de Burgos”, en el que me declaro hijx, me dice al volver de la cárcel que la aventura empieza ahora. “La aventura comença ara, Joana!”.Lo dice entre exclamaciones y, entre exclamaciones, yo recreo un inmenso horizonte que atravieso a lomos de un caballo salvaje. Paradojas de la vida. Pues mi amigo en realidad me está animando a regresar a casa. Como si me dijera, ha llegado la hora, es hora de volver. 

En octubre La Voz del Patio me invitó a entrar en la cárcel de Burgos. ¡Me quieren entrevistar en un periódico que se hace dentro de la cárcel! 

¿Voy a entrar en la cárcel donde mi padre pasó diez años?

No doy crédito. Me emociona y me aterra a partes iguales. Parece que me conocen mejor que yo misma y creen que así lograré cerrar el círculo. 

Entrar en el Penal de Burgos ha sido hasta el momento misión imposible. Uno de los lugares simbólicos del Franquismo más inaccesibles de la democracia. Que ahora se abran sus puertas implica un profundo punto de inflexión en mi vida y también en el devenir de estas tierras. ¿Pero qué significa?

Se convierte así en el segundo estreno de “La cigüeña de Burgos”. El primero público y notorio, en la Filmoteca de Catalunya, el 4 de setiembre del 2020. Verano. El segundo privado y restringido, en el Penal de Burgos, el 14 de diciembre de 2020. Invierno. La distribución pandémica de esta película se resiste a la planificación. Pero a veces parece que la vida tiene un plan.  

La Voz del Patio es un periódico gestado por cuatro periodistas burgaleses de enorme corazón que a golpe de empeño han logrado crear una formación en periodismo para las personas presas en Burgos. Cuatrimestralmente publican un periódico en papel que atraviesa los muros y llega a todas las cárceles del Estado, y en digital te llega a ti clicando su web www.lavozdelpatio.es 

Me cuentan que nadie rechaza sus invitaciones. Pues nos están invitando a comprobar si era cierto aquello que decía Marcos Ana, “La tierra no es redonda: es un patio cuadrado”. Y a mí eso me lleva a pensar una vez más que todas necesitamos saber, escuchar y ser escuchadas. 

Si lees esto, te pido que abras las puertas de la cárcel leyendo lo que en ellas se escribe. Reflexiones brillantes sobre justicia, sobre leyes, sobre castigo. Desde aquí expreso mi más profunda admiración hacia este proyecto que cambiará para siempre mi vida. 

Pero la idea de entrar ahí no es solo agradable. 

Era esencialmente desagradable. 

Tiene que haber un manual para entrar en una cárcel. Y claro que lo hay. Solo que yo no lo conocía. He vivido ajena a las cárceles, siendo yo hija de un preso, y eso me entristece. Ahora pido disculpas a todas las personas aisladas por nuestra triste cultura del castigo en las que nunca pensé. Y doy las gracias a todas las que han cuidado esta triste realidad por ser guardianas de esta conciencia.  

El patio de Burgos está intacto. 

De lo que sentí no sabré escribir. Pero ellos lo harán por mí. Ellos están presos y captan al instante esa esencia que a mí se me escapa por más que intente atraparla. Y en su periódico quedará el testimonio. Que son ellos. Y yo de nuevo os pido, leed lo que en ellas se escribe. 

Piso el suelo que pisó mi padre. Miro el cielo que miró mi padre. Observo el tablero de ajedrez en el que jugó mi padre. Piso, miro, observo y me resulta incomprensible que los epicentros de la barbarie permanezcan intactos. Como si se resistieran a desaparecer. Burgos, junto a Ocaña y el Dueso, las cárceles más antigua del Estado en activo. 

¿Cómo es posible? 

Esta materialidad me abruma. Mis frecuentes devaneos entre presente y pasado esta vez se tornan atronadoramente materiales. 

Escribir sobre este viaje me agota. Lleno páginas y páginas. Burgos es condensación. Me estalla la cabeza. La siento en mi cabeza. Permanezco agotada días y días en esa extraña “vuelta a casa” de la que habla mi amigo. Te haces preguntas. Preguntas que se debaten entre la esperanza y la desesperanza. Entre la urgencia del siempre llegar tarde, como si hubiera un tiempo en el que llegar, y el congelamiento del no hay nada que hacer. Apisonadoras que van en direcciones opuestas y colisionan. Por favor, me digo muy fuerte, que haya otro lugar desde el que pensar en todo esto. Por favor, que lo haya.

O nos aplastarán. Nos aplastará la urgencia. Nos aplastará el congelamiento.   

De Miquel Martí i Pol aprendí que el ritmo desafía la impostura del tiempo inmutable. Lo decía así, “un vent lentíssim converteix el silenci en melodía“. Y yo me lo repetía muchas veces cuando me desesperaba.   

Hacen falta nuevos ritmos para hablar de lo difícil. Nuevos ritmos para escribir nuevas historias.

MANUAL PARA ENTRAR EN UNA CÁRCEL 

No vayas sola, me dice MG; a quien me atrevo a pedir ayuda para contarle del miedo que me da que me dé un ataque de algo ahí dentro. ¿Por qué costará tanto pedir ayuda? Después de hacerlo siento que no voy sola en el tren de ida. Y me digo muy fuerte que esto querré decirlo cuando escriba sobre Burgos. 

Comparto el salvoconducto para entrar en la cárcel con Miguel, mi amigo número uno. Él fue quien me contó que la cigüeña tenía nombre. Pues fueron ellos, los niños quien lo eligieron cuando entraban a visitar a sus padres presos. En esas no agradables visitas conoció de paso al mío. Así que él entrará a un lugar conocido. Y yo a uno desconocido, aunque extrañamente familiar. Tendremos experiencias distintas que sabremos acompañar. Cada viaje a la memoria es único. Y hay tantos viajes como personas. Y me digo muy fuerte que esto querré decirlo cuando escriba sobre Burgos. 

Cada vez que voy a Burgos siento que Burgos se acerca a mí. Como si Burgos también necesitara que esto pasara. Como si esto no solo fuera importante para mí. Como si esto fuera importante a lo bestia. Importantísimo. Como si en los epicentros de la represión viviera una profunda y sensible conciencia sobre la necesidad de reparar. Y me digo muy fuerte que esto querré decirlo cuando escriba sobre Burgos.

Nos ponemos hasta arriba de vino. Se llama compensar. En el tren de vuelta compensaré de nuevo, pensando en lo que nos hace humanos. Sintiendo lo humano. Eso también es compensar. Porque me compensa electrodos por haber sentido tantísima humanidad. Por el viaje que V. funcionario de la cárcel me regala hasta la estación, pero sobre todo por el tremendo abrazo que nos damos antes de subir al tren que por un segundo siento que estamos haciendo reparación por toda la humanidad y que el mundo entero puede sentirlo. ¿Será eso posible? Y me digo muy fuerte que esto querré decirlo cuando escriba sobre Burgos.

Los días posteriores son una montaña rusa de estados de ánimo. Siento la rabia en las venas. La impotencia en el estómago. La brutalidad en la mandíbula. Luego la desolación. Luego la amargura. Luego la soledad. Luego el nada sirve para nada. Y la culpa con sus preguntas que en realidad nunca son preguntas, ¿por qué se te ocurre ir ahí? Entrar en Burgos me hace revivir a lo bestia la sensación de que nada valió la pena.

De nuevo pido ayuda. S. me ofrece acogida, cena y cama al bajar de Sants Estació. N. sostiene mi llanto desconsolado al cabo de los días sin pedirme explicaciones. V. me manda fotos preciosas de recuerdo y me pregunta por la resaca. M. me cita en un artículo emotivo. Los 4 periodistas, V. R. A. A., y las personas presas, I.A.J.G, trabajan para destilar el viaje en un artículo. Y deciden que va en portada. Que hicieron preguntas directas, sinceras y honestas que me permitieron hablar y sentirme plenamente escuchada. Todavía me sigo haciendo algunas de esas preguntas. 

De nuevo, insisto, leed lo que en ellas se escribe www.lavozdelpatio.es

La cárcel está llena de preguntas que sí son preguntas.  

¿Cómo queremos reparar? ¿Qué sabemos de la justicia más allá de las leyes? ¿En un mundo con cárceles de qué hablamos cuando hablamos de justicia? ¿Por qué seguimos castigando? ¿Castigar es justo? ¿Es lo que queremos? ¿Sabemos lo que queremos? ¿Odiar y no odiar son excluyentes? ¿Qué imaginarios tenemos más allá del castigo? ¿Se puede imaginar lo que no conocemos? ¿Podemos querer algo que no imaginamos? ¿Si castigar no puede ser jamás un camino, cuál es el camino?  

He intentado escribir sobre Burgos desde un forzado voluntarismo. También he intentado convencerme de que escribir sobre esto puede hundir a toda la población mundial en una depresión muy bestia por mi culpa. 

E imagino que ahí reside el engaño.  

Convencernos de que somos incapaces de desesperarnos y encontrar el camino de vuelta a casa. 

Pero resulta que eso no es cierto. 

Porque yo lo encontré. 

Encontré el camino de vuelta a casa. 

Esta es la historia del fascismo: Infantilizarnos. Que no sabremos. Que no estamos preparados. Disfrazar de remover heridas la consigna de que no estamos preparados para ello. Disfrazar la negación de nuestras vidas. Con sus patios. Con sus cielos. Con sus suelos. Y con sus tableros de ajedrez. 

Convencernos de que no habrá nadie para acompañarnos a entrar y a salir. 

Convencernos de que no habrá nadie para mandarte un manual para entrar a la cárcel, para acompañarte en el viaje de ida, para pagar una ronda de vinos, para darte un abrazo en la estación a tu regreso, para ofrecerte una sopa al llegar de vuelta. 

Convencerte de que el alfabeto entero no te aguarda (M. G. V. M. M. M. A. S. N. A.). 

Convencernos de que no habrá nadie para decirte a la vuelta, ahora empieza la aventura. 

En definitiva, convencernos de que nadie nos va a ayudar porque no es esa la esencia humana. 

Después de meses sin saber qué se supone que debo compartir de este viaje a una cárcel que ha cambiado mi vida, yo os digo: 

Desesperémonos. 

La última ayuda me la brinda A., “A vegades desesperar-se és una obertura al món bestial. És descobrir que hi ha esperança en la desesperança. L’heroi torna a casa i això és el més dur. Però són la mateixa cosa! Perquè no només va de les nostres famílies, va del món que ens es queda.”

Hay un alfabeto entero dispuesto a tenderte la mano cuando decidas entrar ahí y encontrar luego el camino de vuelta a casa. 

Aquí está la mía, compañerx. 

Os abrazo, y os deseo pulsos tenaces entre la esperanza y la desesperanza, que os hagan sentir la fuerza de la vida y la ternura de lo humano.  

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