Arqueología de los recuerdos

Es domingo, además es muy pronto. El sol todavía no ha salido. Saldrá en alguna de las curvas que hay entre Berga y Ripoll. En Ripoll café rápido para llegar a Figueres sin dormirme. Y luego esa recta, rápida, eficaz, sin fronteras, cómoda y directa que une Figueres con Perpignan en un encaje tan perfecto que hay que estar muy atenta para darse cuenta del momento en que acaba una y empieza la otra. Todo eso para decir que durante la guerra no era así.

He quedado para comer con Octavio y Ariane. Esta vez me sorprenden diciendo que les acompañe a un pueblo cercano, que todos los domingos quedan para comer con sus amigos. He traído botifarra d’ou, fuet y una botella de vino donde se puede leer en letras muy grandes “Terra”. He pensado que siempre da juego llevar cosas típicas, gusta probar sabores poco usuales y da para más de una conversación. Por una vez que la patria sirve para algo, pues vamos a aprovecharlo.

Vamos a presentarnos. Octavio. Hacía años que quería conocerle y hace un año me lancé a escribirle un correo. “Hola soy la hija de Jordi Conill”. Me contestó al momento. Él y mi padre estaban juntos en la FIJL (Federación Ibérica de Juventudes Libertarias). ¿Porque no he escrito antes? A veces es difícil superar falsas creencias. Mi padre en la cárcel se hizo comunista y Octavio continuó siendo anarquista. Los tres sabemos que la revolución y el aparato revolucionario no son lo mismo, pero insisto, a veces es difícil superar falsas creencias. Ariane, la compañera de Octavio. Compañera de vida y de militancia. Otra vez más, y ya van toneladas, los nombres masculinos son los visibles.

Llegamos al sitio. Son José, Montse, Valia y Olga. Voy preguntando que de dónde son. Lo hago con disimulo, para que no se note que les estoy encajando en mi limitada colección de etiquetas a fin y efecto de poder situarme. Octavio me mira con cara de, ¿pero bueno, todavía la civilización no ha aprendido que la gente no es de ningún lugar y que el esperanto es mejor que el inglés? Con Octavio me siento como se debe sentir “lo que yo creía que era un abuelo” conmigo: nunca logro alcanzar la apertura de su mentalidad. Y (me voy a tirar el rollo) que lo diga yo tiene tela. De todos modos es difícil saber cuando es importante y cuando no hablar de los lugares donde un@ ha nacido. La ilusión que les ha hecho tener una comensal catalana me ha confundido. A lo largo de la comida lo entenderé. Eso y muchas otras cosas.

José salió de un pueblo cerca de Valls con 5 años y no volvió, de visita, hasta pasados los 50. Montse tardó tres días a pie para salvar la distancia que hay de Barcelona a Perpignan. José recuerda que cruzó por la Jonquera y que había una montaña de fusiles apilados. Octavio no recuerda por dónde cruzó la frontera, pero no olvida que el camino estaba lleno de cosas que la gente iba tirando. Entre ellas encontró una máscara de gas, su madre no dejó que se la quedara y se enfurruñó con ella. Valia llegó a Moscú con cinco años. Todavía recuerda como era el edificio frente a su casa cuando vivía en Bilbao. Yo recordaré que en Moscú se comía un chocolate con mantequilla espectacular. Por el entusiasmo que pone al contarlo será difícil olvidarlo. Le pregunto cuatro veces si habla ruso. A la quinta me autocensuro, no solo parezco tonta con cada nuevo intento sino que ella empieza a pensarlo. Pero sigo igual que el domingo, alucinada con que hable ruso. La cuarta amiga es Olga, es de Ucrania. Mi ignorancia es tal que no quiero delatarme. No se nada de Ucrania, ni tengo la más mínima idea de que tiene que ver con el exilio. Así que le pregunto muchas cosas, pero todas relacionadas con la comida. Sabía yo que llevar cosas típicas era importante. Con Olga nos miramos mucho, y todas las veces encuentro guarida en esa sonrisa que ofrecen las personas hospitalarias. Hablamos esa lengua universal que ni el esperanto podrá jamás alcanzar.

Me pregunto, ¿cuando tenga ochenta años recordaré algo de cuando tenía cinco años? ¿Lo recuerdo ahora?

Hay algo que sí que sé. Es algo de cómo funciona mi memoria. Montse me cuenta algo que se que no voy a olvidar. Lo se con una certeza inquebrantable. Ella me lo cuenta, y yo al instante lo pongo en la sección de “cosas que no pienso olvidar”. Y cuando pones algo en esa sección quiere decir que esas cosas no las olvidas.

Dice “Yo conocí a tu padre”. Lo dice feliz, porque desde que ha descubierto que podemos hablar catalán y que vivo en Sants, “su pueblo”, le brilla la cara. En ese momento a mi se me ilumina la cara. Es una frase mágica –“Yo conocí a tu padre”- que me provoca una alegría difícil de explicar. (No me cabe duda de que un arqueólogo debe sentir lo mismo cuando encuentra un trocito de vasija después de pasar un verano en pleno desierto fantaseando con un descomunal mausoleo. Por eso el título del post.) Ahora somos dos mujeres que brillamos. Y estamos tan conectadas que en lugar de llevarnos cincuenta años parece que seamos de la misma quinta.

La historia es la siguiente. Montse le hizo de enlace a mi padre. Sitúense, junio de 1962. Barcelona. Plaza Urquinaona. Dos personas deben reconocerse por una señal que terceras personas les han comunicado. Esas dos personas jamás se han visto. Miedo. Para más taquicardia, a pocas calles de ahí está la comisaría donde se tortura a l@s detenid@s. Se la juegan. Se reconocen. Se dan la seña. Y luego hacen el enlace, Montse le pasa a mi padre un tubo de pasta dentífrica. Montse se va pitando. Mi padre se va pitando. No se verán nunca más.

Esa es la historia. También es la historia de la sólida relación que mantuvieron ambos. Aunque fugaz.

Es mínima. Es un instante. Poca cosa. Pelín raquítica. Un recuerdo de los pequeños.

Y sin embargo, sí. Así es. No hace falta que lo diga: Para mí no tiene precio.

Vuelvo con una alegría inmensa que no me cabe en la furgoneta. Pongo la radio a toda castaña. Canto, grito y me rio. Tengo la sensación de que en la furgo vamos much@s. Cualquier día de estos me compro un autobús. Much@s que están por aquí, muchos de aquí, muchos de allí, much@s que no están. Muchs@s que no entienden de tiempo, ni de espacio. Una buena palabra para eso podría ser harmonía. ¿Por qué no? Además harmonía era un nombre muy usual para los hij@s de l@s anarquist@s.

Post post: No quiero acabar este post sin romper algunos prejuicios. Y por si las moscas he ayudado a cimentar alguno, quiero apuntar un par de cosas. No son mías, son de Montse. Cuando le digo que fue muy valiente me dice que no, que estas cosas te las encuentras, pero que ella no es más valiente que nadie. Cuando le hablo de la memoria, me dice que vale, que está bien, pero que en Perpignan cada exiliado tiene su librito, y que oye, que lo importante es mirar hacia adelante. Las que siguen son mías. Los amigos de ochenta y tantos de Octavio y de Ariane dicen “tía”, “joder” y no tienen protocolos sobre “hablar bien”. Aportan mucha luz a temas como la no posesión en las relaciones de pareja, sistemas de apoyo mutuo en comunidad, como tener formas políticas que no pasen por el liderazgo personal, y un largo etcétera que me hace sentir cómoda porque con ellos puedo ser y estar como me dé la gana. Tener ochenta años no implica ser cerrado. No implica que no puedes entender las tendencias sociales. Ni tampoco implica estar en standby. Ell@s van junt@s a la universidad. Y Valia acaba de apuntarse a clases de inglés. Tampoco quiere decir no saber usar internet.

No puedo evitar preguntarme como sería esta tierra si est@s abuel@s siguieran dando guerra por estos lares. Me cago en el exilio.

Esta semana no hay foto. Las documentalistas somos arqueólogas pero no sacamos la cámara hasta mucho después. Ética anarquista, cuidar las relaciones. Llenen el mundo de imaginación e invéntense su propia foto.

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